No queda clara durante la película la causa de un desastre que ha cubierto el mundo de cenizas; la vida se ha agotado, el cielo es una cosa gris que de tanto en tanto estalla en llamas que abrasan los ya abrasados árboles, ruinas o chatarras, son frecuentes los terremotos y hace mucho frío. Pocos supervivientes que han superado la fase de los saqueos y las rapiñas viven y se arrastran sobre la faz de ese mundo horrible. Es frecuente el canibalismo.
Un padre y su hijo, de los buenos, de los que se cuidan mutuamente, de los que aún guardan un lugar para el amor y el respeto al otro, huyen (siempre al sur, abrigados y con el fuego en el corazón) y, hambrientos, harapientos, enfermos, ateridos y empapados, se enfrentan a las hostilidades del mundo y de los otros.
Durante el camino, y con todos los recelos y precauciones, conocen a un anciano. Éste les dice (a propósito de la catástrofe) "El caso es que había señales... pero nadie hizo caso".
